Lunes 17 de Febrero, 2020      

La parábola del “Hijo Pródigo” no solamente nos muestra la realidad de un padre amoroso que está siempre atento a sus hijos, sino la indiferencia que puede haber entre los hermanos (Lc 15). En esta parábola vemos a dos hermanos que no tienen ninguna relación, ni entre ellos, ni con el padre. Tanto el hijo mayor como el menor viven cada uno en su mundo, pero no es mejor el uno que el otro. Mientras que el hijo mayor no tiene mayor aspiración que vivir bien con su padre, el otro decide lanzarse por su cuenta al mundo. La reacción del hijo mayor cuando regresa su hermano nos deja ver que jamás le ha interesado. Es más, hasta le da mejor que no esté, así que para qué recibirlo. Esto que ocurre al regreso nos deja ver que ya desde antes existía esta falta de relación, de amor y de interés por su hermano. No buscó detenerlo, convencerlo. Ni viendo la angustia del padre, fue para ir a buscarlo. En el contexto evangélico, nos presenta la situación del fariseo que no le interesan sus hermanos de religión. El está contento en su intimismo. Vive para sí, lo demás no interesa. Nunca busca atraer a los alejados, a los que no pueden cumplir con la ley. No hay espacio en su corazón para ellos. Y cuando alguien los recibe, pues hay que criticalo y buscar que se queden donde están. ¿Cuántas veces pasa esto tanto en nuestras familias como en la Iglesia? Familias en donde, particularmente empujados por el mundo moderno, los hermanos viven distantes y sin conocerse ni amarse, a pesar de que viven en la misma casa y son hijos de los mismos padres. Padres que nunca han visto que se desarrolle entre ellos la amistad el cariño, el amor. Esto en la Iglesia nos hace ver por qué tanta gente deja la Iglesia sin que nadie haga nada por ellos… nadie va a buscar a los que se han ido. En fin. creo que es una reflexión que vale la pena que hagamos todos, pues afecta nuestra vida y la de nuestra comunidad.