Lunes 17 de Septiembre, 2018      

Al inicio de este semestre escolar que va rigiendo también el caminar de nuestra parroquia, quisiera nos detuviéramos a reflexionar sobre la importancia de la vocación. Para ello lo primero que debemos conocer es que VOCACIÓN, viene del verbo latino VOCARE que significa “llamar”. Generalmente, cuando hablamos de vocación ésta la referimos a “las vocaciones de vida consagrada”, sin embargo, debemos recordar que tenemos un Dios que nos llama. Un Dios que llamó primero al hombre a la existencia, después, por medio de Abraham lo llamó a ser parte de su pueblo; por medio de Moisés lo llamó a vivir en “la tierra que mana leche y miel”, y así, por medio de estos “llamados” ha ido conduciendo a su pueblo hacia la felicidad perfecta que tendremos cuando termine nuestra vida en las manos amorosas del Padre. Dios nos sigue llamando a cada uno de nosotros y espera, como de todos los grandes hombres de Dios, una respuesta a este llamado. Quiere que respondamos a la vida cuidándola, valorándola y dirigiéndola hacia Aquel que nos la ofreció, de manera que con ello le demos gloria y alabanza. Así mismo, espera que cada uno responda al llamado que nos hizo para ser sus hijos obedeciendo sus mandamientos y buscando seguir con todo nuestro corazón a Cristo y viviendo su Evangelio. Ahora bien, dentro de este llamado a seguir a Cristo, nos llama a formas específicas de vida cristiana las cuales han de ser vividas en santidad, pues ese es el llamado para todo cristiano. A algunos nos llama a vivir el camino del matrimonio, a otros el de la Vida Consagrada, sea Religiosa o Sacerdotal, y a otros más, a la vida de Consagración Laical. Todos estos son caminos de santidad, los cuales requerirán cruz y esfuerzo y una respuesta generosa. Tenemos pues que mantener nuestros oídos abiertos para escuchar a Dios, ya que en la realización de nuestra “vocación” vamos contribuyendo al proyecto de salvación de Dios para la humanidad. En efecto, Dios como a Samuel, nos llama y debemos decirle: “Habla Señor que tu siervo escucha”; no escuchar o no responder retrasará el proyecto de amor de Dios por el hombre. Es pues necesario que en el silencio de nuestra oración, escuchemos a nuestro amoroso Dios que quiere que seamos parte de su proyecto con una forma de vida particular. No cerremos nuestros oídos a esa voz y respondamos con generosidad. Seamos un motor para que cada uno de los miembros de nuestra familia escuche  y responda con todo su corazón, entregándose con generosidad a la vida que el Señor le invita a abrazar.