Lunes 13 de Febrero, 2017      

Entre más participo de la obra de la evangelización, más puedo comprobar que en realidad es una función que sólo el Espíritu Santo puede hacer, pues es un trabajo en el corazón del hombre.
Nuestras palabras, por más hermosas que sean, si no van llenas del poder de Dios, el corazón del hombre permanece insensible.
A esto debemos agregar que hoy, quizás más que nunca, el corazón del hombre se ha endurecido por el materialismo exacerbado que vivimos y el mundo de confort y activismo que llena toda nuestra vida, hace de la evangelización todo un reto para los apóstoles modernos.
Sin embargo, permanece firme la promesa de Jesús, de estar con nosotros todos los días hasta la consumación y que mientras esto sucede nuestro trabajo es el de “hacer discípulos y enseñarles a guardar todo lo que él nos ha enseñado”. Es por ello que lejos de desanimarme, me siento confortado al ver que hay mucho qué hacer, pero sobre todo porque veo que efectivamente el poder de Dios actúa y hace lo que parecería imposible: llevar al hombre a un estado de vida evangélica en la cual la felicidad y la paz se desarrollan armoniosamente.
Cuando el Espíritu toca el corazón de la persona, su vida se inunda de paz y todas sus preferencias y ambiciones se trasladan a una nueva dimensión, a una nueva óptica.
Compruebo lo que dice la Sagrada Escritura: “Que hermosos son los pasos de quien trae las buenas noticias”.
Ayuda tú también a Jesús y a su Iglesia siendo su instrumento para que esta obra del Espíritu continúe en todo el mundo.