Lunes 11 de Septiembre, 2017      

El otro día estaba escuchando una canción de mi juventud que dice que “el amor es lo que hace al mundo girar” y me puse a pensar en esa frase y verdaderamente que es así. Sin embargo este amor no es cualquier amor, pues hoy se le llama amor a cualquier sentimiento o relación. El verdadero amor es el que viene de Dios y es el que sostiene toda nuestra vida y todas nuestras relaciones. Este amor, cuando lo cultivamos mediante la oración y los sacramentos llega a desarrollarse a punto de ser un verdadero incendio que produce frutos maravillosos. Solo hay que leer lo que dice el apóstol san Pablo en su primera carta a los Corintios en la que expresa que el verdadero amor, el que viene de Dios, pues lo cree todo, lo espera todo, lo soporta todo, este amor no pasa nunca.
Este amor es comprensivo, es servicial, es tierno y dulce, pues siempre piensa en el bien del otro y no en el suyo propio, pues es como el de Jesús que da su vida por el amado. Este es el amor con el que Dios ha enriquecido nuestra vida por el bautismo, pero tiene que ser cultivado, especialmente por los esposos, pues en ellos se ha de dar la máxima expresión del amor. Cuando el amor de Dios está en nosotros, nace naturalmente el deseo ardiente de complacer al amado, de vivir y morir por él; el amor se transforma en un dulce sacrificio que llena de vida el corazón. En ello se cumplen las palabras misteriosas de Jesús: “hay que morir para vivir” y de esta vida brota una fuente en nuestro corazón que todo lo plenifica. La vida debe, por tanto, ser una experiencia maravillosa en la que se experimenta, con todas las limitaciones que nuestra naturaleza humana nos acarrea, la paz, la alegría y una felicidad sin límite. Es por ello muy triste ver hermanos, y más aún, parejas de esposos en donde esto no se realiza y en algunos casos no llegan nunca a saber que esto existe y que forma parte del plan de Dios para nosotros los hombres. Debido a esto es que no me canso de insistir en la necesidad de mantener una vida en relación con la única fuente del verdadero amor, que es Dios, mediante la oración y la vida espiritual. Esto asegura que el amor crecerá y tendrá las características propias del amor de Dios y que posibilita ser y hacer felices a los que viven con nosotros. Si ves que estos signos del verdadero amor que nos presenta la Escritura no están presentes en tu vida, revisa entonces si tu vida Espiritual está verdaderamente unida a la del Señor Jesús.