El hombre difícilmente puede huir de la enfermedad, del dolor,
del mal. Sin embargo, ha tenido dificultad en asumir y asimilar la enfermedad
como parte de la existencia humana. Y es que la enfermedad, además
de ser una alteración de las estructuras y funciones orgánicas,
es también una situación antropológica especial que
limita y condiciona el comportamiento humano; en ella, el hombre adquiere
una experiencia especial de sí mismo, siente una cierta alienación
del propio cuerpo que "le duele", no le obedece y le hace presentir,
al menos inconscientemente, la posibilidad de la muerte. También
adquiere una experiencia especial de sus relaciones con el mundo, se siente
alineado del propio ambiente, separado de las relaciones normales con
los demás, más necesitados de ellos, sin poder corresponder
a sus atenciones ni renunciar a ellas, así, el enfermo constata
que se halla "a merced" de los demás. Finalmente, el
enfermo realiza la experiencia limite: experimentar su propia relatividad
y contingencia. Por ello la UNCIóN DE LOS ENFERMOS es un sacramento
que la Iglesia celebra en situación de enfermedad, con el fin de
significar la oferta y la presencia de Dios en el momento del dolor, y
para mostrar la solidaridad de la Iglesia con el mismo enfermo, en un
momento en que realmente se necesita. Además de pedir, que de acuerdo
a la voluntad de Dios el enfermo se restablezca y recobre plenamente la
salud. "Con la sagrada unción de los enfermos y con la oración
de los presbíteros, toda la Iglesia entera encomienda a los enfermos
al Señor sufriente y glorificado para que los alivie y los salve.
Incluso los anima a unirse libremente a la pasión y muerte de Cristo;
y contribuir, así, al bien del Pueblo de Dios" CIC 1499
Jesús sabia de la tragedia "tragedia humana",
de este "choque existencial" que el hombre experimenta
en la enfermedad; y por eso no pudo dejar de ofrecernos un ejemplo
y una respuesta, al asumir él mismo todo lo que supone
la enfermedad y el dolor de los enfermos con los que se encontraba
y además, en su propia carne. También conocía
Jesús la tentación de los hombres, de ayer y hoy,
de olvidar y marginar al enfermo, de considerarle un estorbo,
alguien improductivo e inútil, por lo que las páginas
del Evangelio nos muestran la solicitud que él siempre
tuvo para con los enfermos. Hoy, al recuperarse el verdadero
sujeto de la Unción, que son los enfermos y no los moribundos,
es necesario que situemos tal acción sacramental en la
línea de la misma situación de Jesús con
los enfermos, y del ejercicio de la misión que la Iglesia
ha recibido de Cristo al respecto. "Esta unción santa
de los enfermos fue instituida por Cristo nuestro Señor
como un sacramento del Nuevo Testamento, verdadero y propiamente
dicho, insinuado por Marcos (cf. Mc 6,13), y recomendado a los
fieles y promulgado por Santiago, apóstol y hermano del
Señor (cf. St 5, 14-15; DS 1695.)." CIC 1511
Ya desde el Antiguo Testamento, el Pueblo de Israel creía
en un Dios que busca la vida. Esta idea la vemos expresada ya
desde el Génesis, en donde el autor nos dice que el Dios
en el que creemos es un Dios bueno, y que todas las cosas han
sido creadas buenas por El (Gn l-2). Sin embargo, al experimentar
el dolor, la injusticia...la muerte, se pregunta: Si Dios es
bueno y quiere la vida, ¿por qué la enfermedad
y la muerte?; si Dios está con los justos y los ama, ¿por
qué son estos los que muchas veces padecen, mientras los
injustos disfrutan de la vida? La reflexión del pueblo
y su fe lo llevaron a darse cuenta que el mal, la enfermedad
y la muerte no pueden ser atribuidos a Dios. Tienen su origen
en la historia humana y son consecuencias del pecado, de manera
particular del pecado original (Gn 3), sin excluir definitivamente
que éstos son producto de los pecados personales del hombre
(Is l6,l4; 2Re 20,l-20; Dn 4,28-30). ¿Es entonces el pecado
un castigo? Si la enfermedad es castigo del pecado, ¿por
qué padecen los justos? "Israel experimenta que la
enfermedad, de una manera misteriosa, se vincula al pecado y
al mal; y que la fidelidad a Dios, según su Ley, devuelve
la vida: "Yo, el Señor, soy el que te sana" (Ex
15, 26)" CIC 1502
La Sagrada Escritura nos ilustra en el libro de Job el drama
de la enfermedad. Job, en un primer momento ve el sufrimiento
como algo trágico, misterioso, le parece como si Dios
jugara con el hombre. Después se da cuenta de que es una
prueba que Yahveh le pone para provocar una purificación
de su fe (Job l-2). Finalmente, ante la presencia del sufrimiento,
Job comprende que el sufrimiento es un misterio y que ante él
no nos queda más que el abandono y la confianza. Por otro
lado en el libro de Isaías nos presenta al Siervo de Yahveh
como la figura del A.T. que mejor explica el sufrimiento, la
enfermedad y el dolor (Is 53), y su relación con la redención.
El sufrimiento no es un absurdo, tiene sentido porque sufre cargando
los pecados de los demás convirtiéndose ante el
dolor en oblación y servicio; porque tiene como motivo
principal el amor; y porque confía en que no acabará en
la muerte, sino con la victoria y el triunfo en la resurrección.
La enfermedad será vencida y Dios hará justicia
(Is 26,l9; 35,4-6; Jer 33,6), y el justo vivirá aún
después de la muerte. "De aquí deriva también
esta reflexión, precisamente en el Año de la Redención:
la reflexión sobre el sufrimiento. El sufrimiento humano
suscita COMPASION, suscita también RESPETO, y a su manera
ATEMORIZA. En efecto, en él está contenida la grandeza
de un misterio específico." (Doloris Salvifici) DSal
4
En el Nuevo Testamento nos encontramos no solo con la enseñanza
de Jesús respecto a la enfermedad y al dolor, sino con
su actitud ante estos. Podemos ver como Jesús no quiere
aparecer como curandero, ni mago y mucho menos hacer gala de
su compasión con los necesitados para recibir aplausos.
Los milagros de Jesús, más en concreto sus curaciones
son signos mesiánicos, por los cuales muestra que los últimos
tiempos han llegado y que el Reino de Dios está presente,
y al mismo tiempo son signos eficaces que manifiestan que ésta
realidad está sucediendo al hacer realidad lo que se anuncia;
son además signos que fundamentan la esperanza, de que
el mal está vencido, por la victoria sobre el pecado que
ya ha comenzado a realizarse; y finalmente manifiestan la actitud
de Cristo ante los enfermos, actitud de lucha y liberación,
de cercanía y de consuelo. Jesús estará siempre
cerca de ellos para servirles y ayudarles, los paralíticos,
los leprosos.... encuentran acogida en Cristo. Todos los enfermos
encontraron en Cristo consuelo y respuesta a su sufrimiento. "En
su actividad mesiánica en medio de Israel, Cristo se acercó incesantemente
AL MUNDO DEL SUFRIMIENTO HUMANO. "Pasó haciendo bien" (Hech.10,38),
y este obrar suyo se dirigía, ante todo, a los enfermos
y a quienes esperaban ayuda. Curaba los enfermos, consolaba a
los afligidos, alimentaba a los hambrientos, liberaba a los hombres
de la sordera, de la ceguera, de la lepra, del demonio y de diversas
disminuciones físicas; tres veces devolvió la vida
a los muertos. Era sensible a todo sufrimiento humano, tanto
al del cuerpo como al del alma." DSal 16
Por la forma como se aplicó este sacramento a lo largo
de muchos años, éste se asoció con la muerte,
tanto así que hasta antes del Concilio Vaticano II formaba
parte de los "Ritos Finales" y se le conocía
como "Extrema Unción", la cual era aplicada
al enfermo cuando se presumía que la muerte era inminente.
Esto causaba un rechazo natural a participar del sacramento pues
el enfermo lo identificaba con la inminencia de la muerte. Además
hacia que su administración fuera muy complicada, sobre
todo para el presbítero quien era llamado a altas horas
de la noche para que se le administrara el sacramente al "moribundo".
Hoy el Concilio, la Renovación Litúrgica y Pastoral
le han devuelto el sentido pretendido por Jesús, que está expresado
en la Carta de Santiago (St 5,l4-l5): "¿Está alguno
enfermo? Llame a los presbíteros de la Iglesia para que
oren por él y lo unjan con aceite en el nombre del Señor.
La oración hecha con fe le devolverá la salud al
enfermo y el Señor lo levantará y si ha cometido
pecados se le perdonarán". De manera que la unción
es para LOS ENFERMOS y NO solo para los moribundos. "El
Señor Jesucristo, médico de nuestras almas y de
nuestros cuerpos, que perdonó los pecados al paralítico
y le devolvió la salud del cuerpo, quiso que su Iglesia
continuase, con la fuerza del Espíritu Santo, su obra
de curación y de salvación, incluso en sus propios
miembros. Esta es la finalidad de los dos sacramentos de curación:
del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los
enfermos." CIC 1421
Si bien es cierto que el sacramento de la Unción de los
enfermos no es para los moribundos únicamente, debemos
recordar que la Iglesia ha entendido su uso para los enfermos
que tienen una enfermedad GRAVE (con ello se excluyen las enfermedades
que padecemos comúnmente como son las gripas, el dolor
de cabeza, etc.). Sin embargo, no debemos esperar a que la enfermedad
avance y llegue a un estado crítico para solicitar el
sacramento. Desde las primeras etapas, un enfermo con un padecimiento
grave, es sujeto de la Unción. Por otro lado, la Iglesia
ha considerado que las personas ancianas, aun estando con salud,
son sujetos de la Unción una vez al año, como ayuda
a su vejez, que muchas veces viene acompañada de dolor
y sufrimiento. Lo mismo podemos decir de las mujeres que están
prontas a dar a luz, ya que el proceso del parto siempre es doloroso
y puede en ocasiones ser difícil. El Sacramento de la
Unción de los enfermos es un sacramento que da fuerza
al enfermo (o al anciano) y en la medida en que es voluntad de
Dios, puede restablecerlo totalmente. "La Unción
de los enfermos "no es un sacramento sólo para aquellos
que están a punto de morir. Por eso, se considera tiempo
oportuno para recibirlo cuando el fiel empieza a estar en peligro
de muerte por enfermedad o vejez" CIC 1514 "Es apropiado
recibir la Unción de los enfermos antes de una operación
importante" CIC 1515 "El sacramento de la Unción
de los enfermos tiene por fin conferir una gracia especial al
cristiano que experimenta las dificultades inherentes al estado
de enfermedad grave o de vejez." CIC 1527
Recordando lo que dice el apóstol Santiago sobre este
sacramento, la oración, debe ser hecha con fe, tanto por
aquel que ora como por aquel sobre quien se ora. Como todos los
sacramentos, después de la reforma Litúrgica, el
sacramento de la Unción es un sacramento que ha de tener
carácter comunitario y participativo. De manera ordinaria,
salvo que las circunstancias lo impidan, la familia debe participar
de este momento y todos orar con fe, pidiendo al Señor
la fortaleza, no solo para el enfermo, sino incluso por aquellos
que lo atienden y que sufren por su estado de salud. Por otra
lado es importante que se respete la libertad del enfermo y que
no se aproveche este momento para "forzarlo" a recibir
el sacramento. Recordemos que este sacramento por muchos años
ha estado ligado a la muerte y esto causa un rechazo del enfermo.
Se debe por ello, preparar al enfermo para que comprenda el sentido
del sacramento. Además es un momento oportuno para invitarlo
a una conversión más profunda, y en muchos casos,
para la Reconciliación sacramental que lo reintegre a
la vida de la gracia. La preparación al sacramento es
una gran oportunidad para la evangelización desde la misericordia
de Dios, que envió a su Hijo a salvarnos y a darle sentido
al sufrimiento humano. "Como en todos los sacramentos, la
Unción de los enfermos se celebra de forma litúrgica
y comunitaria, que tiene lugar en familia, en el hospital o en
la iglesia, para un solo enfermo o para un grupo de enfermos.
Es muy conveniente que se celebre dentro de la Eucaristía,
memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias
lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida
del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la
Eucaristía." CIC 1517
Terminamos nuestra catequesis sobre este sacramento recordando
que de acuerdo al Texto Sagrado que lo sostiene, el ministro
de éste es el sacerdote y el Obispo, quienes lo administran
en una pequeña celebración litúrgica, en
la cual están invitados a participar todos los familiares
y a unirse a su oración para pedir la salud y la fortaleza
para el enfermo y para todos los que lo atienden. En esta celebración,
después de la lectura de la Palabra de Dios, el Sacerdote
impone las manos sobre el enfermo y lo unge con el aceite propio
del sacramento (el cual ha sido consagrado por el obispo) y ora
por él en comunión con todos los presentes. El
sacramento termina con la oración del Padrenuestro y la
bendición a todos los presentes. Es muy recomendable que
de ser posible el enfermo participe primero del sacramento de
la Reconciliación y que se concluya con la Sagrada Comunión. "El
sacramento de la Unción de los enfermos se administra
a los gravemente enfermos ungiéndolos en la frente y en
las manos con aceite de oliva debidamente bendecido o, según
las circunstancias, con otro aceite de plantas, y pronunciando
una sola vez estas palabras: "Per istam sanctam unctionem
et suam piissimam misericordiam adiuvet te Dominus gratia Spiritus
Sancti ut a peccatis liberatum te salvet atque propitius allevet" ("Por
esta santa unción, y por su bondadosa misericordia, te
ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo,
para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación
y te conforte en tu enfermedad")." CIC 1513.