Con la idea de conocer mejor la labor de nuestros sacerdotes y de podernos
integrar de una manera más plena a la actividad apostólica
de la Iglesia, la reflexión del Sacramento del Orden, no la centraremos únicamente
en los ministerios ordenados, sino que buscaremos profundizar un poco
en la participación que cada uno de nosotros tiene dentro del Cuerpo
de Cristo, ya que en todos, como bautizados se realiza la triple función
de Cristo: Sacerdote, Profeta y Rey. Hablaremos pues de la "ministerialidad" en
la Iglesia como medio de servicio y herramienta para la construcción
del Reino de Dios. Podemos decir que existen dos clases de ministros en
la Iglesia: a) los ordenados y b) los no ordenados, sin embargo si queremos
entender mejor cada uno de ellos será conviene que iniciemos nuestra
reflexión hablado de lo que es el ministro en general, para desde
ahí poder entender mejor lo que es cada uno, y así no tener
solo una visión parcial al estudiar solo el sacramento del orden,
que reciben algunos de los miembros del Pueblo de Dios (los diáconos,
los presbíteros y los obispos), ya que todos estamos llamados a
servir en la Iglesia. "La unidad del cuerpo no ha abolido la diversidad
de los miembros: "En la construcción del Cuerpo de Cristo
existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu
el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios,
distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia"" CIC
791
El Concilio Vaticano II, que ha vuelto sus ojos hacia los fundamentos
del cristianismo, ha enfocado toda su actividad hacia la misión
que Jesús le encomendó a su Iglesia (por ende a
todos los cristianos; por lo que no nos podemos sustraer de ella),
y la cual la podríamos sintetizar en: llevar el mensaje
de la salvación a todos los hombres y de implantar el
Reino en medio de nuestro mundo. La Iglesia al asumir la misión
de Jesús la asume desde la triple dimensión de
la acción mesiánica de Cristo. Y así en
la dimensión PROFéTICA o de la palabra, asume el
compromiso de proclamar y extender el Evangelio a todas las naciones;
en el ejercicio de la dimensión REAL se compromete a desarrollar
en sí misma y en todos sus miembros la caridad y la comunión
que busca manifestarle al prójimo, la unidad y servicio
que hay en la Iglesia luchando por la justicia y la autentica
paz, por lo que promueve los valores que buscan la realización
integral de todas y cada una de las personas sin importar, credo
o nacionalidad; finalmente en el ejercicio de la dimensión
del SACERDOTAL, rinde culto y adoración a Dios como expresión
interior de la relación establecida entre Cristo y su
Iglesia, la cual ha de vivirse y celebrarse "en espíritu
y verdad". "Las mismas diferencias que el Señor
quiso poner entre los miembros de su Cuerpo sirven a su unidad
y a su misión. Porque "hay en la Iglesia diversidad
de ministerios, pero unidad de misión. A los apóstoles
y sus sucesores les confirió Cristo la función
de enseñar, santificar y gobernar en su propio nombre
y autoridad. Pero también los laicos, partícipes
de la función sacerdotal, profética y real de Cristo,
cumplen en la Iglesia y en el mundo la parte que les corresponde
en la misión de todo el Pueblo de Dios" (AA 2)" CIC
873
La misión de Cristo llega a nosotros por medio de los
apóstoles y afecta a todos los miembros del pueblo de
Dios y no solo a los sucesores de los "apóstoles".
No se da, por tanto, nadie dentro del pueblo que no tenga una
misión concreta que realizar en orden a la extensión
del Reino. El apostolado es sin lugar a dudas una gracia que
implica llamado y envío de Cristo para anunciar y dar
testimonio del Resucitado de manera pública, autorizada
y responsable, y cumplir de esta manera la misión encomendada
a la Iglesia antes de regresar a la derecha de su Padre. Existen
dos apostolicidades: La de los apóstoles (propiamente
dicha) y la del Pueblo (que compete a todos los bautizados),
que lejos de estar reñidas una con la otra, se apoyan
y complementan en el cumplimiento de la "misión".
Por lo tanto el que existan diferentes ministerios es normal
y fundamental de la Iglesia. No son accidentales (no se pusieron
porque a alguien le pareció que sería bueno) o
secundarios sino que forman parte del ser mismo de la Iglesia
no solo por su función, sino por su ser mismo. " Los
ministerios deben ejercerse en un espíritu de servicio
fraternal y de entrega a la Iglesia en nombre del Señor." CIC
2039
Los ministerios, como todas las realidades de la vida humana,
han estado expuestos a los cambios a lo largo de la historia,
según la concepción de Iglesia que se ha tenido
en cada momento, a las necesidades de la comunidad, e incluso,
a la realidad social y cultural del momento. Podemos decir que
en relación a los ministerios se han dado tres etapas
principales: La primera que llega hasta el siglo V, en la que
se da una pluralidad de servicios y ministerios laicales extraordinarios
en colaboración con el que preside la comunidad (una lista
de estos las podemos encontrar en el capitulo 12 de la 1a Carta
de Pablo a los Corintios). Una segunda que dura hasta el siglo
XX, en la que se desarrolla una fuerte tendencia clericalizadora,
por lo que se aumenta considerablemente el numero de clérigos
(sacerdotes, obispos, diáconos y religiosos). Y finalmente
la tercera, que se inicia con la Acción Católica
y que tiene su plenitud en el Concilio Vaticano II. ""Los
seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados
a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial,
para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios
muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor
quiera concederles" (EN 73)." CIC 910
Los primeros ministros ciertamente serán los doce escogidos
por Cristo (Mc 3,13 y ss), y son los inauguradores de la misión.
Su ministerio servirá de modelo para la Iglesia y se repetirá en
el cada uno de los Obispos, por ello a esto lo llamamos: sucesión
apostólica. Con el paso de tiempo, después de la
Resurrección del Señor, nacerán lo diversos
ministerios para el servicio de la comunidad que en comunión
con los apóstoles van conformando la misma comunidad (1Co
15,6; 9,2-3; Hech 15,3) Estos ministerios, por lo que nos revela
la escritura eran de tipo Laical. Sin embargo, rápidamente
fueron también apareciendo los Ministerios instituidos
y ordenados como los vemos en las cartas de Timoteo y Tito (1Tim
3,1-13; 4,14; Tit 1,59). En estas cartas, no solo se habla de
las cualidades que debían tener los "presbíteros" (que
son ahora los sacerdotes que conocemos de manera común),
sino del rito como se consagraban de manera pública y
permanente para esta misión. Junto con estos ministerios
aparecen los servicios y ministerios fundados en los dones y
carismas del Espíritu Santo (1Co.12,1ss). Podemos ver
en la incipiente comunidad como estos ministerios fueron naciendo
espontáneamente, bajo la acción del Espíritu.
En ellos no existía propiamente ninguna delegación
oficial de la comunidad, ni imposición de manos que generalmente
confería el carácter público y definitivo
para el ejercicio del ministerio. " Cristo el Señor,
para dirigir al Pueblo de Dios y hacerle progresar siempre, instituyó en
su Iglesia diversos ministerios que está ordenados al
bien de todo el Cuerpo (LG 18)." CIC 874
A partir del siglo IV, con la Conversión de Constantino
que hará que el cristianismo se convierta en la religión
del Imperio, provocará que la ministerialidad en la que
estaban unidos tanto los laicos como los ministros ordenados,
se empiece a privatizar y a marginar los ministerios del laicado.
Así, poco a poco, el ministerio ordenado fue "acaparando
funciones" que en otros tiempos desempeñaban los
seglares: tanto en el orden de la palabra, el culto y la caridad.
Los diversos ministerios laicales vinieron a ser considerados
como grados por los que se ascendía al sacerdocio, transformándose
de esta manera en órdenes menores. Esto hizo que en la
antigüedad, antes del Concilio Vaticano II, para llegar
al sacerdocio fuera necesario pasar por lo que se llamaban órdenes
menores, que no eran ministerios ordenados, pero que preparaban
al candidato a recibir la ordenación, estos ministerios
no ordenados u órdenes menores eran: La Tonsura, el ministerio
de Exorcista, de Hostiario, de Lector, de Acólito y finalmente
el Sub-diaconado. Actualmente solo han quedado, y no como órdenes
menores sino como verdaderos ministerios, el lectorado y el acolitado
a los cuales pueden también acceder los laicos. ""Los
seglares también pueden sentirse llamados o ser llamados
a colaborar con sus pastores en el servicio de la comunidad eclesial,
para el crecimiento y la vida de ésta, ejerciendo ministerios
muy diversos según la gracia y los carismas que el Señor
quiera concederles" (EN 73)." CIC 910
Antes de pasar propiamente a ver algunos de los detalles del
sacramento del Orden, queremos terminar esta sección de
los ministerios hablando sobre uno de los ministerios, que sin
ser ordenado, ha tomado, como en la antigüedad, un papel
muy importante en la Iglesia y es el que ejerce el "ministro
extraordinario de la Comunión". Ya desde la antigüedad,
los diáconos eran encargados de llevar la Comunión
a los enfermos. Con el paso del tiempo este ministerio fue también
encargado a personas dignas que pudieran ejercer ese ministerio
en favor de los enfermos. Hoy en día con el crecimiento
de las comunidades parroquiales la distribución de la
Comunión dentro de la Eucaristía dominical hecha
solo por el presbítero, el Diácono o el Acólito
(que son los ministros ordinarios de este servicio) hace que
en las largas filas se pierda la atención y la devoción
necesaria para recibir el cuerpo de Cristo. Esto aunado a que
esta misma situación se presenta en las comunidades en
donde el visitar a todos los enfermos, para asistirlos con el
regalo de la Eucaristía dominical resultaría prácticamente
imposible para el sacerdote, esto ha motivado a la Iglesia a
desarrollar e instituir un ministerio que en comunión
con el Párroco pueda servir a la comunidad distribuyendo
el "pan Eucarístico" a sus hermanos. Para poder
acceder a este, es necesaria una preparación adecuada,
y sobre todo una vida moral y espiritual del ministro que verdaderamente
honre el ministerio que ejerce. "Los laicos, si tienen las
cualidades requeridas, pueden ser admitidos de manera estable
a los ministerios de lectores y de acólito (c.230,1). "Donde
lo aconseje la necesidad de la Iglesia y no haya ministros, pueden
también los laicos, aunque no sean lectores ni acólitos,
suplirles en algunas de sus funciones, es decir, ejercitar el
ministerio de la palabra, presidir las oraciones litúrgicas,
administrar el bautismo y dar la sagrada Comunión, según
las prescripciones del derecho" (c.230,3) " CIC 903
Para entender con mayor profundidad el sacramento del Orden,
lo primero que debemos decir, es que no solo es un ministerio
ordenado al servicio, sino que es un verdadero sacramento de
la Iglesia, por lo cual significa y expresa la consagración
y destinación de un miembro capacitado y elegido por la
misma comunidad, en orden a presidir y santificar a la comunidad.
Es tan importante y trascendente, que este sacramento esta reservado
al Obispo, quien por las palabras consacratorias, la imposición
de las manos y la unción, configura al sacerdote en otro
Cristo (alter Christus). Ya desde la primera comunidad, la Iglesia
ha reconocido que aquel que preside la comunidad y la Eucaristía,
había de ser consagrado y destinado de manera pública
y significativa. El sacerdote ordenado, al recibir el sacramento
del orden, está expresando que por su persona, en la mediación
de la Iglesia, se prolonga en el hoy y aquí histórico-eclesial,
aquel ministerio que Cristo realizó cumpliendo la voluntad
del Padre en favor de la salvación de los hombres. Además,
expresa de manera sacramental el compromiso apostólico,
que de suyo conviene a toda la Iglesia, pero que en el presbítero
se da en plenitud. "En el servicio eclesial del ministro
ordenado es Cristo mismo quien está presente en su Iglesia
como Cabeza de su cuerpo, Pastor de su rebaño, sumo sacerdote
del sacrificio redentor, Maestro de la Verdad. Es lo que la Iglesia
expresa al decir que el sacerdote, en virtud del sacramento del
Orden, actúa "in persona Christi Capitis": El
ministro posee en verdad el papel del mismo Sacerdote, Cristo
Jesús. Si, ciertamente, aquél es asimilado al Sumo
Sacerdote, por la consagración sacerdotal recibida, goza
de la facultad de actuar por el poder de Cristo mismo a quien
representa ("virtute ac persona ipsius Christi")".
CIC 1548
En cuanto a la función propia del sacerdote dentro de
la comunidad, podemos decir que es la manifestación personalizada
de la ministerialidad de la Iglesia, de manera que no tiene como
función acaparar o sustituir los ministerios de la comunidad,
sino recordarlos, animarlos y estimularlos. El sacerdote por
el sacramento que recibe, queda configurado con Cristo sacerdote
como nos lo dice el Concilio Vaticano II: "Por el sacramento
del orden, los presbíteros... quedan sellados con un carácter
o marca particular, y así se configuran con Cristo sacerdote,
de suerte que puedan obrar como en persona de Cristo cabeza" (PO.2).
En este actuar en "persona Christi" no quiere decir
que el ministro substituya, suplante o haga las veces de Cristo.
Quiere decir, que en la Iglesia no hay otro ministro que Cristo.
Por esta razón, nos dice el Concilio, que al quedar configurado
con Cristo y ser en la tierra, el "alter Christus",
cuando el sacerdote realiza un sacramento, es Cristo quien lo
hace y así, al bautizar es Cristo quien bautiza, al consagrar
o al perdonar los pecados, es el mismo Cristo el que realiza
esas acciones en la Iglesia. De ahí la alta dignidad y
responsabilidad del ministro ordenado que no solo hace las cosas
en nombre de Cristo y de su Iglesia, sino que en el momento del
sacramento es El mismo Cristo quien realiza la santificación
de sus hermanos. En otras palabras, el sacerdote es la mediación
simbólica personal de Cristo; la visibilización
corporal de la capitalidad de Cristo. En esto radica la grandeza
y dignidad de su misión y del misterio del sacramento
del orden. También hemos dicho que el sacerdote actúa
en nombre de la Iglesia y a nombre de la Iglesia. Esta representación
debe entenderse no como "honor" y "privilegio",
sino como verdadero servicio a la relación de la comunidad
con Cristo, de las comunidades entre si, del cristiano con la
comunidad eclesial, del cristiano y la comunidad con la misión
apostólica.
La especificidad, es decir lo propio, del presbítero
no en el hecho de que actúa en todos los campos del apostolado
(La palabra, el culto, la caridad, el pastoreo), ya que estos
pueden ser hechos incluso por los seglares, sino en la configuración
personal y dinámica de Cristo, sacerdote y víctima.
El sacerdote para poder cumplir con lo que le es específico
de él, ha de estar dedicado a la oración y a la
Palabra como nos lo dice el libro del los Hechos de los Apóstoles
(Hch.6,4). Por el trato íntimo y personal con el Maestro
mediante la oración y la lectura y proclamación
de la Palabra, el sacerdote irá configurando su persona
hasta llegar a tener la altura del varón perfecto que
es Jesucristo. Por otro lado, ha de realizar lo que ningún
laico pude hacer, es decir: el sacrificio eucarístico
y la absolución de los pecados. Esto es lo propio y exclusivo
de la misión de Cristo, quien paso por el mundo sanando
toda enfermedad y dolencia, y dando culto al Padre mediante su
vida, que nos dejo de manera admirable en la Eucaristía.
Como santificador de la comunidad, le es propio también
el recibir en el sacramento del Bautismo a los nuevos hermanos,
confortar en sus sufrimientos a los enfermos mediante el sacramento
de la unción y bendecir, como testigo cualificado, el
sacramento por el cual se santifica la unión conyugal.
El resto de las actividades del presbítero pueden ser
compartidas (en incluso transferidas) con los laicos, que por
su carácter secular podrán, en no pocas ocasiones,
realizarlas mejor que el mismo sacerdote (algunas cuestiones
de Evangelización, economía, administración
parroquial, etc.). De ahí la importancia de estar en más
contacto con nuestros sacerdotes, de manera especial de nuestro
Párroco a quien el Obispo le tiene encomendada la misión
de santificar a esa porción territorial del Pueblo de
Dios. "El sacerdocio ministerial o jerárquico de
los obispos y de los presbíteros, y el sacerdocio común
de todos los fieles, "aunque su diferencia es esencial y
no sólo en grado, están ordenados el uno al otro;
ambos, en efecto, participan, cada uno a su manera, del único
sacerdocio de Cristo" (LG 10)"
Quizás hubiera sido mejor iniciar nuestra reflexión
sobre el sacramento del Orden explicando los tres ordenes en
los que este sacramento pude ser recibido, pero pensando en que
es precisamente con el presbítero con quien tenemos más
contacto hemos ya explicado sus funciones y su ser sacerdotal.
Esto ahora nos servirá como base para explicar con más
claridad el ser y el que hacer del obispo y del diácono.
Empecemos diciendo, pues, que el orden sacerdotal puedes ser
recibido en tres grados: Diaconado; Presbiterado y Episcopado.
Este sacramento, como ya dijimos se comunica por medio de la
oración consacratoria y la imposición de las manos
y es realizada única y exclusivamente por el Obispo. ""El
ministerio eclesiástico, instituido por Dios, está ejercido
en diversos órdenes que ya desde antiguo reciben los nombres
de obispos, presbíteros y diáconos (LG 28). La
doctrina católica, expresada en la liturgia, el magisterio
y la práctica constante de la Iglesia, reconocen que existen
dos grados de participación ministerial en el sacerdocio
de Cristo: el episcopado y el presbiterado. El diaconado está destinado
a ayudarles y a servirles. Por eso, el termino "sacerdos" designa,
en el uso actual, a los obispos y a los presbíteros, pero
no a los diáconos. Sin embargo, la doctrina católica
enseña que los grados de participación sacerdotal
(episcopado y presbiterado) y el grado de servicio (diaconado)
son los tres conferidos por un acto sacramental llamado "ordenación",
es decir, por el sacramento del Orden." CIC 1554
El sacramento del Orden lo recibe en plenitud el Obispo, quien
como sucesor de los apóstoles continúa con el encargo
de Jesús de construir el Reino. El a su vez lo puede comunicar
a otros hermanos. Lo pude hacer de manera "limitada" en
la ordenación de los Sacerdotes y los Diáconos,
o de manera plena en la ordenación de los obispos. Para
entender con facilidad a que se refiere esta limitación,
una manera fácil de explicarla es con relación
a los sacramentos que pueden realizar como ministros. Al ordenar
a un sacerdote, el obispo limita la gracia para que pueda santificar
al pueblo mediante la Eucaristía, el Bautismo, la Reconciliación,
la Unción de los Enfermos y el Matrimonio; para con los
diáconos es todavía más limitado, pues de
los 7 sacramentos solo pueden conferir el Bautismo y presidir
los matrimonios. Todos ellos, como parte del ministerio, deben
anunciar a Cristo, por lo que se les encarga el ministerio de
la Palabra. ""Los presbíteros, aunque no tengan
la plenitud del sacerdocio y dependan de los obispos en el ejercicio
de sus poderes, sin embargo están unidos a estos en el
honor del sacerdocio y, en virtud del sacramento del Orden, quedan
consagrados como verdaderos sacerdotes de la Nueva Alianza, a
imagen de Cristo, sumo y eterno Sacerdote , para anunciar el
Evangelio a los fieles, para dirigirlos y para celebrar el culto
divino" (LG 28)." CIC 1564
El sacramento del Orden al igual que los sacramentos del Bautismo
y de la confirmación confiere al sacerdote una marca indeleble
en el alma que se llama Carácter y que lo identifica de
manera particular con Cristo "Sumo y Eterno Sacerdote. De
esta manera, como ya hemos dicho, el sacerdote (Obispo, presbítero
o diácono) en todas sus acciones ministeriales y en particular
al realizar los sacramentos, actúa en "persona Christi" de
manera que es le mismo Cristo quien santifica a su pueblo. Este
carácter es irrenunciable por lo que una vez recibido
el sacramento del Orden, será sacerdote para siempre.
Por eso en los casos en los cuales el sacerdote decide retirarse
a una vida privada y de carácter laical, lo único
que deja es el "Ministerio activo" pues seguirá siendo
sacerdote toda su vida… es algo irrenunciable como lo es
nuestro bautismo y confirmación. "Los tres sacramentos
del Bautismo, de la Confirmación y del Orden sacerdotal
confieren, además de la gracia, un carácter sacramental
o "sello" por el cual el cristiano participa del sacerdocio
de Cristo y forma parte de la Iglesia según estados y
funciones diversos. Esta configuración con Cristo y con
la Iglesia, realizada por el Espíritu, es indeleble (DS
1609); permanece para siempre en el cristiano como disposición
positiva para la gracia, como promesa y garantía de la
protección divina y como vocación al culto divino
y al servicio de la Iglesia. Por tanto, estos sacramentos no
pueden ser reiterados." CIC 1121
Recordemos que el ministerio ordenado y el ministerio de los
laicos proceden los dos del mismo Cristo y de nuestro bautismo,
por ello debemos valorar los dos aspectos de la ministerialidad
de la Iglesia y comprometernos con ambas. Por un lado debemos,
en oración bajo la guía del Espíritu Santo,
descubrir en que podríamos ayudar al crecimiento de la
Iglesia, de manera particular en nuestra casa, en el barrio y
la oficina. Por otro lado, ponernos en contacto con nuestro párroco
para que ver en que podríamos ser de utilidad dentro del
plan orgánico de pastoral de la Parroquia. Además
ahora que conocemos más lo que es el presbiterio y su
función encomendada por Jesucristo, buscar entenderlo
más y orar por el para que la gracia de Dios lo asista
continuamente y lo fortalezca, para que sea capaz de crecer en
santidad y logre así ser un verdadero pontífice
(intermediario) entre Dios y los hombres y así lograr
el establecimiento y crecimiento del Reino de Dios. "El
sacerdocio ministerial o jerárquico de los obispos y de
los presbíteros, y el sacerdocio común de todos
los fieles, "aunque su diferencia es esencial y no sólo
en grado, están ordenados el uno al otro; ambos, en efecto,
participan, cada uno a su manera, del único sacerdocio
de Cristo" (LG 10). ¿En qué sentido? Mientras
el sacerdocio común de los fieles se realiza en el desarrollo
de la gracia bautismal (vida de fe, de esperanza y de caridad,
vida según el Espíritu), ö el sacerdocio ministerial
está al servicio del sacerdocio común, en orden
al desarrollo de la gracia bautismal de todos los cristianos.
Es uno de los medios por los cuales Cristo no cesa de construir
y de conducir a su Iglesia. Por esto es transmitido mediante
un sacramento propio, el sacramento del Orden." CIC 1547.