Lunes 04 de Diciembre, 2017      

Iniciamos la época de preparación para la Navidad, la cual   se ve muy distorsionada por el excesivo consumismo que nos promueven por todos lados: compra del pino, de los adornos de la casa, de los regalos para toda la familia, amigos, etc., la cena de Navidad y mil cosas más. El comercio busca, como se dice, “hacer la venta del año”. No debemos dejar que esto nos quite la paz. Ciertamente que es bonito regalar y con ello hacer patente nuestro amor y cariño a los demás; preparar una rica cena para festejar el día más hermoso de la humanidad en la que Dios nos regala a su propio Hijo, pero todo debe de entrar en una armonía con nuestra vida espiritual. Es muy común que si de ordinario no tenemos mucho tiempo para orar, en esta temporada menos (mucho menos cuando los chicos salen de la escuela y la casa entra en un estado de caos), de tal suerte que esta actividad fundamental del cristiano se ve aún más deteriorada. Recordemos que el tiempo del Adviento es  para preparar nuestro corazón y nuestra vida para recibir a Jesús, cuando al final de la historia regrese para llevarnos a gozar con Él de su casa. Todos los elementos del Adviento, incluyendo los regalos y la cena, tienen que entrar bajo esta dinámica y ser precisamente signos sensibles que nos ayuden a hacernos más conscientes de que nuestra vida está, como dice San Pablo, escondida en Dios, y que la disfrutaremos plenamente cuando seamos llevados a la Casa Eterna del Padre. Es por ello importante que nuestros regalos y nuestras fiestas estén cargados de ETERNIDAD. Disfrutemos este tiempo hermoso de las fiestas del primer encuentro de la humanidad con Cristo… que sea también para nosotros una fiesta el encontrarnos con el Jesús que camina entre nosotros, especialmente entre los pobres y necesitados.
Vive un Adviento de preparación y encuentro.