Lunes 19 de Junio, 2017      

En medio de un mundo que ha perdido el sentido moral y en el que es difícil encontrar en quien podamos confiar, es fundamental que volvamos nuestros ojos a la Sagrada Escritura y que reflexionemos en una de las bienaventuranzas que hoy tendría, junto con las demás, que retomar todo su valor y su fuerza. En el Evangelio de Mateo leemos: “Bienaventurados los puros de corazón porque de ellos es el Reino de los cielos”. La “pureza de corazón” presenta la realidad más íntima con la cual nos relacionamos con Dios y con los demás. El puro de corazón es aquel que no tiene “dobles intenciones” y que lo que habla y lo que dice revela claramente lo que hay en su corazón. Esto tiene que ver con la honestidad y con la verdad. Teológicamente es el centro religioso con el cual trata Dios, que es la raíz de la vida religiosa, y que determina la conducta moral. Podemos decir que la pureza de corazón determina nuestra relación con Dios y con los hombres. El puro de corazón es una persona que se presenta y habla desde su corazón, por lo que es alguien en quien tanto Dios como los hombres pueden confiar. Es al mismo tiempo alguien que por esta relación con Dios puede ver el mundo como Dios lo creó, sin dejarse contaminar con toda la basura que el mundo ofrece y que corrompe a la persona. Un persona de corazón puro verá al hombre y a la mujer no como objetos, sino como creaturas de Dios a las que hay que amar; y al dinero, no como algo que hay que atesorar, sino como un simple medio para tener lo necesario para la vida; no tiene temor de decir lo que hay en su corazón pues ya lo ha dicho con su vida. El hombre de puro corazón, acepta sus errores, pues se sabe creatura y reconoce que solo Dios es perfecto, pero al mismo tiempo busca con toda su vida honrar a aquel que lo ha creado y que lo ama infinitamente.
La pureza de corazón es un don que hay que pedir, pero es también una virtud que hay que cultivar. Ejercitarnos en la verdad y en la transparencia, son caminos que fortalecen esta virtud; el buscar honrar a Dios con todo el corazón y no esconderse ante los demás, aceptar la ayuda de quien vive cerca de nosotros y nos ama, reconocer que podemos estar equivocados en nuestros criterios y buscar modificarlos, son ejercicios que harán que, con la ayuda de Dios, seamos realmente PUROS DE CORAZON y esto es el indicativo de que ya vivimos en el Reino de los cielos. ¡Ánimo! A trabajar.