Lunes 18 de Junio, 2018      

Una de las revelaciones más maravillosas que nos hizo Jesucristo fue que Dios es una familia, que Él tiene un padre lleno de amor por él y por todos y cada uno de nosotros. Dentro de esta revelación siempre me ha llamado la atención el grandísimo amor de Jesús por su Padre, el cual se manifiesta en que prácticamente en todo el evangelio de san Juan lo menciona en todos los capítulos. En ello podemos ver la tremenda relación que hay entre los dos. Jesús no pierde la oportunidad de honrarlo, de alabarlo, de darlo a conocer. Pero sobre todo, vemos este amor de Jesús a su Padre revelado en una obediencia total a su voluntad. Jesús sabe, porque lo conoce, que su Padre lo ama por encima de todo y por eso confía plenamente en Él y se entrega amorosamente a hacer su voluntad, aún cuando no llegue a entender por qué su Padre le manda cosas que en ese momento a Él le parecen difíciles. En Jesús y su Padre podemos ver el modelo de toda relación entre el padre y el hijo. Podemos ver que nuestra relación no ha de ser en un momento especial de nuestra vida, como hoy, sino que ha de ser algo que está presente en todo momento. Que se deben crear relaciones profundas que se basan en largos diálogos, los cuales como nos lo muestra Jesús cuando se va a orar a la montaña, son momentos de intimidad con su Padre, y son promovidos y deseados por Él. Nosotros también, si queremos tener una relación adecuada y profunda con nuestros padres, debemos de promover con ellos estos encuentros amorosos que deben caracterizarse porque no hay prisa, sino antes al contrario, el deseo amoroso de permanecer a su lado. Aprovechemos pues, todas las oportunidades para que nuestra relación con papá sea profunda, pues de ahí nacerá un amor mutuo que redundará en confianza a quien nos ha mostrado que nos ama.