Lunes 16 de Octubre, 2017      

 Algo de lo que siempre he hablado y busco con todo mi corazón, es que la Palabra de Dios se encarne en nosotros. Recordemos que hace 2000 años la Palabra de Dios se hizo Carne y con ello nos dejó claro que este mismo proceso debe realizarse en cada uno de nosotros. Hace unos días celebramos en la Iglesia a San Francisco de Asís, que creo sería uno de los modelos más claros que tenemos en donde podemos ver lo que significa realmente dejar que la Palabra de Dios se encarne. Me preocupa demasiado el ver que la palabra que se predica cada domingo en la misa, y la que en muchas ocasiones oímos en grupos y reuniones, queda sólo como eso, “una palabra lanzada al viento” que no encontró eco en nuestra vida. Si contamos todas las veces en que hemos ido a misa, ¿cuánto de lo que hemos escuchado lo hemos asimilado en nuestras vidas? El cristianismo continúa siendo una religión, pero no un estilo de vida, que es precisamente lo que nos propuso Jesús y que Francisco entendió correctamente.
Es por eso que hizo cambios serios y radicales, no sólo en su manera de pensar, sino en su vida. Es verdad, como se ha dicho mucho, incluso entre los franciscanos, que el llamado de Francisco fue único y particular para mostrar que sí era posible un desprendimiento y una pobreza radical; sin embargo, ese modelo nos debe mostrar que aceptar la Palabra de Dios tiene que llevarnos a hacer cambios serios y profundos en nuestra vida. Quizás no vivir la pobreza extrema como Francisco, pues si todos la vivieran, quién ayudaría a los pobres. Jesús dijo que siempre habría ricos y pobres. Pero ambos deben encarnar profundamente la Palabra, de manera que como dice el libro de los Hechos: “A nadie le falte nada para poder vivir”. La predicación que no toca el corazón, es una palabra muerta. Es necesario que cada homilía, que cada texto de la Sagrada Escritura, nos cuestione y nos lleve a tomar decisiones sobre nuestra manera de pensar y de actuar. Solo así es como podremos realmente decir que Dios se ha encarnado en nosotros.
Solo así podremos llegar a decir con San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino es Cristo el que vive en mi”.